| Indiana Forti |
| Población de ojos que no duermen y penden de las pestañas de los días en un confuso asentamiento de párpados testigos de ausencias concurrentes.
Por la noche permanecen a media asta, cuando el vientecito deja respirar y los sueños entran. Existen como mueca que late, imitando chimeneas que defienden raíces. Buscan nombres en barcos invisibles y tejados rojos. Cuando se acongojan, golpean sus alas, insisten en astillas y en algunos casos se vuelven añicos, divorciándose de la rutina y continuando rumbo. Esperan calles, cruces y pampas. Bajan a infiernos inconscientes y oscuros. Según les clavan el destino, se vuelven magos o mendigos. Tengo la sensación que nos espían todo el tiempo agonizando en morralla de recuerdos. Un peregrino vestido de signo se detiene, los contempla y se sienta tras alguna plegaria a dibujar su vida. Ventanas que se vuelven pupilas, muestran sus huellas y resucitan en este escenario por el que nos miran desde algún otro lado. Miramos; nos miran y viceversa, como enormes espejos de llanto en estas ruinas de ojos sordos y palabras rotas de pasado revuelto sin significar. En definitiva, saber quiénes somos a través de pedacitos de eternidad atrapados en un segundo y robados para siempre al tiempo. Indiana Forti |
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